
4º Domingo de Pascua
El documento que acredita a una persona para
desempeñar una determinada función se le conoce con el nombre de credencial. Es
decir, es la acreditación, certificación, diploma, nombramiento… para que
alguien pueda probar su identidad. Lo habrás podido ver en múltiples ocasiones,
si eres una persona que se pasea por ferias, eventos y congresos, colgado al
cuello con una cinta o cordón que lo sostiene. Aunque bien es verdad que hoy
estas credenciales colgadas al cuello están presentes en casi todos los encuentros,
también en los señores cardenales que deben estar presentes en el cónclave para
la elección de un nuevo Papa.
En las lecturas de este domingo cuarto
de Pascua (ciclo c) conocido como “Domingo del Buen Pastor”,
Jesús se presenta con sus credenciales de Mesías e Hijo de Dios, que no son
ningún tipo de papel o documento jurídico, sino sus obras que le identifican.
Las obras se convierten en testimonio, ellas
hablan de ti y de mí. Si nuestras obras son de bondad sincera tendremos muchas
posibilidades de ser aceptados, pero si nuestras obras no se corresponden con
nuestras palabras el rechazo es inminente. Pero esta máxima, en la realidad del
día a día, no es matemática. Hay ocasiones que, aunque hagas el “pino con
las orejas”, ya el rechazo o la aceptación lo tienes de antemano porque no
se miran las obras, ni siquiera las palabras… sino otros intereses más
personales y ocultos, o simplemente por ideas preconcebidas.
El evangelio de este domingo (Juan
10,27-30) parte de una pregunta anterior: “¿Hasta cuándo nos
vas a tener en suspenso? Si eres tú el Mesías dínoslo francamente” (Juan 10,24) A
esta pregunta, tan capciosa como directa, Jesús contesta de forma equivalente,
remitiéndose al testimonio de sus obras.
Seguidamente, les
comunica que sus credenciales, sus obras, sólo pueden ser admitidas por sus
ovejas, por aquellos que están abiertos a la fe y le aceptan como salvación.
Los dirigentes judíos no pueden creerle porque no forman parte de su rebaño. El
conflicto está servido y la solución de las autoridades judías será intentar
apedrearle. (Cómo les gustaba a esta gente una cantera)
Jesús recordará a sus
interlocutores quienes son sus ovejas, los que les pertenecen: «Mis ovejas escuchan
mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna» Es decir,
son de Cristo (sus ovejas) aquellos que escuchan su
voz (reconocen), los que están abiertos al plan de Dios
sin condicionarlo desde los propios prejuicios y seguridades, los que le siguen…
estos creen en Él y, aunque sean
rechazados por el mundo, serán aceptados por Jesús y el Padre que son uno: “no
perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de mi mano”
La imagen del pastor
con su rebaño expresaba las relaciones de Dios con el pueblo, posiblemente por
su condición de nómadas. Frente a los dirigentes que no pastorean al pueblo ni
le sirven, Jesús muestra sus credenciales de Mesías, bajo la figura del Buen
Pastor. Así lo prueban sus obras: Él conoce a sus ovejas, las conduce a pastos,
las defiende de los peligros, se entrega totalmente y da la vida por ellas. Su
autoridad de pastor proviene de la dedicación que les presta. Las credenciales
de Jesús nacen de su actividad.
Reflexión: «Mis
ovejas escuchan mi voz». Hoy somos víctimas de
una lluvia tan abrumadora de palabras, mensajes, ruidos, voces e imágenes que
corremos el riesgo de perder nuestra capacidad para escuchar la voz de Aquel
que nos da Vida. Necesitamos urgentemente recuperar de nuevo la capacidad para
la escucha si no queremos ver ahogarse la fe en la trivialidad. Necesitamos
estar más atentos a la voz de Dios y sintonizar con ella porque Él se hace
presencia vivificadora.
Es un reto del seguidor
de Jesús reconocer la voz del Maestro entre tantas voces que nos asaltan en el
día a día. Para ello, tendremos que cribar mucho, eliminar y discernir
cuidadosamente. La voz de Jesús es voz amiga, tiene acento familiar y de
confianza. Es una voz que sabe llegar a nuestro interior y no se queda en la
fachada. Es una voz que conoce las razones intimas de nuestras actitudes, que
extrae lo positivo que poseemos y que despierta en nosotros lo mejor que
tenemos. Es una voz con un tono inconfundible: el de la vida. Nos da vida y nos
abre a la vida.
Amig@, saborea en ti la
experiencia de este Maestro que te habla. Su voz no puede caer en saco roto.
Ella trae aires nuevos de esperanza. Adhiérete a su persona, funde tu vida con
la de Él, síguele, acógele y lánzate a trabajar en su proyecto de salvación,
anunciando el amor misericordioso de Dios que palpita en el Evangelio. Para
todo esto no te hacen falta credenciales colgadas al cuello que demuestren tu
identidad, sino obras que lleven la firma del Maestro.