Domingo II de Navidad
Creo que no es necesario que te explique cuál es la diferencia de estar dentro de casa a quedarse en la puerta. La puerta es lo que marca la frontera entre el interior y el exterior. Quien se queda en la puerta se queda fuera, en el umbral, esperando a alguien que entre o salga, pero sin entrar dentro. Quien está en la puerta, está en la barrera o en el límite que no se cruza, posiblemente porque no tiene en esa casa nada ni nadie que le haga cruzar o pasar. Los de la puerta no forman parte de la casa, los de dentro están en el hogar.
En este segundo domingo de Navidad (ciclo a) celebramos que Dios no se ha quedado, como un espectador más, en la puerta de nuestras casas, sino que se ha metido dentro de nosotros, dentro de nuestra débil carne humana, dentro de nuestra historia, aunque esta contenga páginas tristes de violencias e injusticias… Es lo que nos dice Juan en su prólogo: “acampó”.
A través del acampar de Dios, Él se ha hecho cercano y hemos recibido su plenitud, gracia, ternura y lealtad. Dios se ha hecho uno de nosotros, con nuestras fragilidades y fuerzas, asumiendo nuestra carne. Este es el misterio de la “Palabra hecha carne”.
El evangelio (Juan 1,1-18) conocido como el prólogo de San Juan, es un himno cristológico de la Iglesia primitiva con el que se celebraba, anunciaba y expresaba la fe. Un himno que ya existía en las comunidades de Juan antes de que se escribiera el evangelio. Con un pequeño retoque y adaptándolo sirvió como presentación a toda la narración de su evangelio. Los grandes temas que San Juan desarrollará a lo largo de su evangelio, en el prólogo están presentados en pequeñas dosis.
Estos dieciochos versículos se inician expresando la divinidad de la Palabra, que no es creada sino creadora y que participa de todos los poderes y atributos de Dios: “En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. La Palabra en el principio estaba junto a Dios. Por medio de la Palabra se hizo todo, y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho”
La Palabra (“logos” en griego, “verbo” en latín) manifiesta la presencia de Dios en la historia, tema central en la
biblia, que alcanza su plenitud en la encarnación que celebramos en Navidad. “La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros”
Además, muestra la capacidad que tiene de dar vida, orientando a toda persona que se acerca a ella.
A partir del versículo 11, el autor nos introduce en el tema central del prólogo: “Vino a su casa”; “se hizo carne”; “acampó entre nosotros”. Dios habita en nuestra historia y asumió nuestra condición humana incluso en lo que tiene de más frágil. La presencia de Dios y su cercanía (la encarnación) no es ninguna apariencia. Creemos en un Dios encarnado, en un Dios que ha puesto su morada entre nosotros, en nuestra historia. Es un Dios que se ha hecho semejante en todo a nosotros, menos en el pecado que diría San Pablo.
“Acampó entre nosotros” (v.14) Esta bella imagen está tomada del Antiguo Testamento. La sombra de la Tienda de la Alianza, en el desierto, da reposo, ánimo y sentido a la marcha. La presencia de la Tienda da la posibilidad al ser humano de encontrarse con Dios. Ahora es Dios mismo hecho hombre quien ofrece al ser humano la posibilidad no sólo de encontrarse con Él, sino de ser hijos e hijas de Dios. Mediante la acogida de la Palabra “les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre”
Reflexión: El tiempo de Navidad es una invitación a celebrar el compromiso de Dios con la historia humana. Es un tiempo para reconocer que Dios ha traspasado las fronteras de nuestras puertas y hace morada en nosotros, en nuestra historia y en nuestro mundo. Dios no se ha quedado fuera, ante la puerta. Él se ha metido dentro de nuestras casas. A través de Jesús, que acampó entre nosotros, Dios se ha hecho cercano porque Jesús es el retrato de Dios acercado a los hombres. Dios se hace inteligible en Jesús.
Cuando decimos que es Navidad, estamos proclamando que la Palabra, es decir, Jesús, se ha hecho carne y Dios mismo está en el mundo. Ni Dios se queda en tu puerta, ni tú debes quedarte en la puerta de Dios. Dios al cruzar el umbral y entrar dentro de casa hace posible el intercambio de un Dios que se hace hombre y un hombre que se hace hijo suyo. Con otras palabras, lo expresa el Prefacio III de Navidad: “Gracias a Jesús hoy resplandece ante el mundo el maravilloso intercambio de nuestra salvación; pues al revestirse el Hijo de nuestra frágil condición nos hizo partícipes de su eternidad”
Amig@, acepta dentro de tu casa a Dios, acepta su paternidad, es fruto de su ternura, es el verdadero y auténtico regalo de Navidad sin envoltorios de papel de regalo.

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