
Tiempo Ordinario. Domingo XXI
Algunas preguntas que nosotros formulamos
sobre nuestras propias personas o sobre nuestra actividad, más allá de una mera
curiosidad o de un cotilleo hortera, tienen la intención de reafirmar si el camino
que estamos realizando es el adecuado o por el contrario es una necesidad
cambiar de rumbo. La respuesta que recibimos a la pregunta realizada nos
ofrecerá si el camino seguido hasta ahora es el correcto para lo que queremos
expresar con nuestras personas y con nuestras actividades.
No es que la opinión del otro sea la norma a
seguir, y menos en los tipos que somos libres de comportamiento, sino que
necesitamos saber si el otro ha captado lo que somos y lo que realizamos en
toda su amplitud. Por ello, no es extraño que un ponente pregunte a un amigo,
al finalizar la exposición de un tema, qué le ha parecido su charla, si ha sido
claro en sus expresiones, si ha usado un lenguaje demasiado técnico, si cree
que los presentes se han aburrido, si ha sido muy extenso… La intención no es
la vanagloria, ni el aplauso fácil, ni la palmadita en la espalda, sino saber
si ha cumplido las expectativas que él mismo se ha marcado, porque si no fuera
así, en la siguiente ponencia debería cambiar y tomar otros derroteros.
Preguntar, desde la humildad, en ocasiones se convierte en una necesidad para
mejorar
En este
domingo XXI del Tiempo Ordinario (ciclo a) encuentro en la Palabra de Dios que hacer una
determinada pregunta, en un momento concreto, no es un juego literario, sino
una cuestión vital. En momentos decisivos, Jesús necesita saber qué piensa la
gente y que piensan sus íntimos (discípulos) para saber si su persona y su
forma de actuar responde a lo que Dios quiere de Él.
El evangelio (Mateo
16, 13-20) nos sitúa en un momento clave de la vida del Maestro. Tras unos
comienzos brillantes e inicios triunfales tuvo que afrontar el rechazo de jefes
y la incomprensión del pueblo. ¿Estaba fracasando en su misión? Es entonces
cuando en Cesarea, se dirige a sus discípulos haciéndoles una doble pregunta
sobre su identidad. («¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?» «Y vosotros, ¿quién decís
que soy yo?») Necesita
saber qué opinan los de fuera y lejanos y qué opinan sus discípulos y cercanos
para ver si el camino emprendido es el correcto.
En este contexto y escuchada la respuesta de
Pedro, «Tú eres el Mesías,
el Hijo de Dios vivo.» el pasaje evangélico tiene una doble función. Por un
lado, reafirmar a Jesús en su misión y, por otro, confirmar a los discípulos en
su seguimiento.
La doble pregunta de Jesús hace que aparezca
con claridad la diferencia entre la opinión de la gente y la de los discípulos.
Aquellos andan confundidos, mientras que Pedro, en nombre de los Doce, reconoce
que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios. Dos títulos que resumen la fe de la
Iglesia de la comunidad de Mateo, como bien se nos presenta en la primera parte
de su Evangelio (Mt 1,1-4,6) donde no sólo es suficiente decir que Jesús es el
Mesías esperado de Israel, sino que se añade Hijo de Dios.
A esta confesión de fe de Pedro, Jesús
responde con una palabra de felicitación
«¡Dichoso tú, Simón,
hijo de Jonás! » Y con un encargo
especial de cara a la Iglesia: « tú eres
Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia » Es declarado Pedro como
dichoso, pero no por sus méritos sino porque el Padre le ha revelado el
misterio de reconocerle como Mesías e Hijo de Dios vivo; y le confía la misión
de ser roca firme para que la Iglesia no sucumba en las dificultades.
Para ello, le entrega
a Pedro “las llaves del reino de los
cielos”, que equivale al
nombramiento de mayordomo supremo que aparece en el texto del Antiguo
Testamento de la primera lectura (Isaías
22, 19-23) y le confiere el poder de “atar
y desatar” que designaba entre los judíos de la época, la potestad de
interpretar la ley de Moisés con autoridad. Pedro es servidor, custodio,
supervisor con autoridad de interpretar las palabras de Jesús y adaptarlas a
las necesidades y nuevas situaciones.
Reflexión:
¿Quién decís que soy yo? Esta
pregunta formulada hace un par de miles de años a los discípulos, hoy se nos
formula a nosotros. Sinceramente, creo que aún no ha sido respondida, no sólo
por la personalidad tan fuerte e inagotable del Maestro, sino también porque
cada uno de nosotros vamos elaborándonos una imagen de Él a partir de muchos
condicionamientos, intereses, preocupaciones, medios sociales en los que
vivimos y formación religiosa que hemos recibido.
Pero sigue exigiéndonos a los creyentes una
respuesta, porque la imagen que tengamos de Jesús condiciona la imagen de Dios,
nuestra fe y nuestra vida. Por ello, amig@ desde la coherencia de vida es desde
donde debes dar una respuesta a la pregunta de Jesús, no vaya a ser que tus
labios pronuncien unas palabras que ni sientes, ni crees, ni vives. Pregunta
obligada respuesta necesaria.