
Tiempo Ordinario. Domingo XXIII
Pululan por la sociedad y por las parroquias ciertos personajes que se erigen en seres puros e intachables. Estos, se
sienten portavoces de la verdad y se creen enviados por lo divino a denunciar
que el “otro” no vive, ni actúa, correctamente. Estos personajillos, fácilmente
reconocibles, agoreros de desgracias y catástrofes, falsamente cargan sobre sus
hombros los pesos de las dolorosas cruces de quienes, según ellos, no tienen un
comportamiento evangélico. Se autoproclaman defensores del dogma, de la
moral y de las costumbres auténticamente cristianas. Se empapan de argumentos
“fofos”, sin consistencia. En ocasiones, se presentan como los únicos
traductores lícitos de mensajes de apariciones marianas, viven envueltos en
falsas humildades, no se les puede llevar la contraria y tienen apariencia de corderos.
Estas personas, cogiendo con pinzas el
argumento de la corrección fraterna,
sin una vinculación autentica de pertenencia a una comunidad de fe (por lo
tanto sin saber cómo se camina y cuáles son las prioridades y opciones de vida
espiritual) informan, con gestos dictatoriales, qué tienes que hacer para
agradar a Dios. Y desde aquí sueltan por sus bocas “lindeces” sin misericordia
y con ausencia grave de lo que es el cuidado de los pequeños. ¡Madre mía...! Me
acabo de despachar bien a gusto.
En este
domingo XXIII del Tiempo Ordinario (ciclo a) siento que los destinatarios de la Palabra de
Dios somos nosotros, los discípulos, y, a través de nosotros, la comunidad.
Descubro que las enseñanzas de Jesús insisten en el cuidado de los más pequeños
y en el perdón como norma básica de la vida de comunidad. Se nos presenta un
modelo de Iglesia, válida para los cristianos de todos los tiempos, que hunde
sus raíces en estar atentos a la voluntad del Padre, la fraternidad, el perdón
y la acogida de los más pequeños.
Te invito a que relaciones el evangelio
que la Iglesia nos propone (Mateo 18,
15-20) con el evangelio del próximo domingo (Mateo 18, 21-35) ya que ambos nos van a ofrecer la respuesta a un
problema comunitario: ¿Cómo comportarse con aquellos hermanos que, como la oveja
perdida, se han alejado de la comunidad? Dos son los recursos que se nos
proponen, por un lado la corrección fraterna, por otro el perdón. Ambas actitudes
son imprescindibles para que la Iglesia sea pueblo y comunidad de hermanos. Hoy
comentamos los versículos que corresponden a la primera de las actitudes: la corrección fraterna. (vv 21-35)
No pretendas que el evangelio te ofrezca un
proceso disciplinar y normativo, sino que me gustaría que lo vieras como un
reflejo y aplicación de la parábola de la oveja perdida.
Por ello, creo que debemos empezar toda
corrección fraterna desde la búsqueda del hermano alejado con amor
y respeto. Esta búsqueda, que es tarea de toda la comunidad, se debe
hacer en un clima de oración: «Os aseguro que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra
para pedir algo, se lo dará mi Padre del cielo» y reconociendo como
decisiva la presencia de Jesús en su Iglesia, porque es Él quien hace que
el Padre escuche la oración, es Él quien nos ayuda a tomar decisiones desde la
caridad y es Él quien mueve los corazones para buscar al hermano y para que el
hermano se reencuentre con el Maestro. «Porque
donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos»
Reflexión: Jesús
nos propone un camino que está orientado al bien del prójimo y a sanar la
relación con el hermano, sin buscar otros intereses oscuros y mucho menos el
desprestigio y la condena. Curiosamente, se nos pide en el Evangelio que seamos
nosotros los que tomemos la iniciativa, aunque seamos los ofendidos “Si tu hermano te ofende ve y házselo ver,
a solas entre los dos”
Lo fácil y menos cristiano es desentendernos
del cuidado de nuestros prójimos, especialmente de los más frágiles, alejados y
pequeños. Los cristianos deberíamos, hoy más que nunca, escuchar la llamada que
hace Jesús a corregirnos con caridad y a ayudarnos a ser mejores. Es una invitación
del Maestro a actuar con paciencia y sin precipitación, acercándonos, desde
nuestra responsabilidad de herman@ y sin juicios, a quien está actuando de
manera equivocada.
“Don
Perfecto y doña Perfecta no existen” Todos
cometemos fallos y errores. Todos tenemos momentos malos y necesitamos poder
contar con una nueva oportunidad. ¡Cuánto bien nos puede hacer a todos una
corrección fraterna en un momento desorientado de nuestras vidas! Y para ello
se necesita, con frecuencia, encontrarnos con alguien que nos ame de verdad,
que nos interpele y nos contagie su amor.
Amig@ te recuerdo que tu pertenencia a la
Iglesia no es sinónimo de ser socio de un club de fútbol, sino de un discípulo de Jesús
que vive su fe en comunidad. Argumento, más que suficiente, para “no endurecer el corazón” (Salmo
responsorial) ni ser indiferente.