
¿Quién de nosotros no
ha perdido algo, lo ha buscado por cielo y tierra, ha preguntado a propios y
extraños, por si alguien lo había visto, y no ha dudado en utilizar métodos de
búsqueda, incluso aquellos que hemos heredados de nuestros antepasados (el rezo del padre nuestro a San Antonio o el procedimiento perverso,
pero eficaz, de San Cucufato)? Y si lo has encontrado ¿A quién de nosotros no le
ha brotado el sentimiento de la alegría y con él la serenidad, la calma y la
paz? ¿Y quién no ha comunicado su
hallazgo para que el otro sienta la misma satisfacción que tú?
En este domingo
24 del tiempo ordinario (ciclo c) las lecturas nos invitan a meditar sobre
la búsqueda y encuentro de lo que estaba perdido, que no es perverso, sino
simplemente extraviado. Y cómo, tras la búsqueda y el encuentro, brota en el corazón la alegría.
Esta es la dinámica de la bondad de Dios
que se expresa en todo el capítulo 15 del evangelio de Lucas por medio de tres
parábolas: la oveja perdida, la moneda perdida y el padre bueno o hijo pródigo.
Frente a los “justos”, que se indignaban por la acogida que Jesús dispensaba a
pecadores y publicanos, el Maestro les habla de la alegría de Dios al encontrar
al perdido y les invita al cambio de actitud para que se encuentren con el
Dios-Amor que Él les revela.
Quizás, en el contexto de las comunidades de
Lucas, estos tres relatos sirvieran para vencer la resistencia de algunos
cristianos que no veían con buenos ojos la llegada de nuevos convertidos a la
comunidad cristiana… pero esto es sólo quizás, quizás, quizás…
En el evangelio (Lucas 15,1-10) que nos presenta la
liturgia en este domingo, encontramos dos parábolas.
La primera de ellas es la parábola
de la oveja perdida (Lucas 15,1-7)
Para interpretarla correctamente deberíamos leer al profeta Ezequiel en el
capítulo 34, versículos del 11 al 16, ya que esta parábola justifica la forma
de actuar de Jesús con los marginados de Israel como justificaba el profeta
Ezequiel la forma de actuar de Dios frente a la conducta egoísta de los malos
pastores del pueblo.
En el profeta Ezequiel se vislumbra, en el
futuro, a Dios mismo como el pastor que cuidará de sus ovejas, en especial de
las descarriadas y perdidas. En la parábola del evangelio, Jesús anunciará la
salvación de Dios ofrecida a los pecadores porque Dios mismo se solidariza con
los excluidos y marginados, los busca hasta que los encuentra y como pastor “Los carga sobre los hombros, muy contento”
Lucas insiste en la “ALEGRÍA” del encuentro
de la oveja perdida preparando así la respuesta final de Jesús a las
murmuraciones de los fariseos: “¡Alegraos
conmigo!, he encontrado la oveja que se me había perdido”.
La conclusión de la parábola insiste en la
conversión y no sólo en el encuentro: “Os
digo que así también habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se
convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse"
La
segunda es la parábola de moneda perdida (Lucas
15,8-10) es propia de Lucas y tiene el mismo mensaje que la anterior: El
amor misericordioso y constante de Dios busca lo perdido y se alegra cuando lo
encuentra.
Reflexión: La mirada de Dios que nos presenta Jesús es totalmente
distinta a la que nos presentan los fariseos y escribas. Éstos murmuraban
diciendo: «Ese acoge a los pecadores y
come con ellos», mientras que Jesús presenta un Dios que busca al perdido
hasta que lo encuentra y cuando lo encuentra le trata con acogida y misericordia cargándole “sobre sus
hombros”… brotando espontáneamente la alegría como consecuencia del
hallazgo.
La mirada de Dios hacia el “pecador” no es una mirada de juez
implacable ante el perverso, sino que lo mira como “perdido”, como alguien muy
querido que se extravía. Por ello, el encuentro está presidido por la alegría.
El Dios de Jesús no juzga, no rechaza, no censura, no echa en cara nada. El
Padre que nos revela el Maestro comprende, acoge y se alegra, sea cual sea la
razón del extravío del perdido.
Tú y yo, como seguidores de Jesús y
discípulos misioneros, no podemos caer en el error de los fariseos y escribas.
No podemos utilizar el pecado como la perdición que Dios condena y castiga sin
vuelta atrás. No podemos manipular los sentimientos de culpa ni atormentar
conciencias declarando impuro, manchado y sucio a quien se extravía. No podemos
condenar, rechazar, marginar, excluir… sino valorar la conversión del corazón
del ser humano, fruto de la libertad, porque Dios no obliga al perdido contra
su voluntad a subirse en los hombros del pastor.
Y por último… ¡Alégrate con el Señor! si en
tu comunidad de fe alguien perdido ha sido buscado, encontrado y llevado sobre
los hombros del “Buen Pastor”, este hermano es signo de la bondad de Dios.