miércoles, 10 de febrero de 2021

DEL DESCARTE A LA DIGNIDAD

 

No sé si en la ciudad en la que vives has podido ver un cartel que está expuesto en la calle, pertenece a una ONG y contiene esta frase: “Hay algo que da más miedo que las vacunas… No tenerlas” También en las puertas de nuestras Iglesias, este fin de semana, podemos ver otro cartel, en esta ocasión de Manos Unidas, que nos comunica este mensaje: “Contagia solidaridad para acabar con el hambre“. Esto me ha hecho pensar en las lecturas de este domingo sexto del Tiempo Ordinario (ciclo b)

Desnudar a una persona de su dignidad, sea cual sea la razón y el método empleado, es la acción más denigrante que puede realizar el ser humano contra el propio ser humano. Alentar y promover que una persona quede excluida de la sociedad, de la familia o de la comunidad a la que pertenece y en la que vive, es el mayor de los pecados contra la fraternidad que se pueden realizar. Considerar a un hombre o mujer como un “desecho” o “sobrante”, “un muerto viviente” es fruto de mentes perversas e impregnadas de maldad. Descartar es más que explotar y oprimir. Descartar es excluir, tirar fuera.

Podríamos pensar que esta cultura del descarte es algo del pasado, de épocas anteriores. Podríamos pensar que en nuestra sociedad del siglo XXI no hay lugar al “descarte”, pero mientras exista la concepción de que el ser humano es en sí mismo un bien de consumo que se puede usar y después tirar, no se habrá erradicado esta lacra. Mientras existan grandes masas de población que se ven excluidas y marginadas: sin trabajo, sin horizontes, sin salida, sin alimento…debido al juego de la competitividad, de la ley del más fuerte, donde el poderoso se come al débil, tendremos que reconocer que somos una sociedad aún NO desarrollada, porque el bien más preciado de la creación, que es el ser humano, es considerado un desecho. Mientras existan carteles como los que te decía al inicio de este artículo o exista Manos Unidas o Caritas…. Habrá que, desgraciadamente, reconocer que en nuestra sociedad hay mucho de descarte y poco de dignidad.

En el evangelio de este domingo (Marcos 1,40-45) encontramos a Jesús que, desde la oración y el silencio, en descampado y de madrugada, relanza su misión aboliendo toda clase de fronteras que dividen al ser humano. Las físicas de Cafarnaúm y las humanas sanando a un enfermo de lepra.

Como nos indica la primera lectura (Levítico 13, 1-46) el leproso era considerado el gran marginado, descartado y segregado. La lepra era la gran muralla social, una enfermedad que sólo Dios podía curar (Números 12,13) y que llevaba a quien contraía esa enfermedad en la piel a: ser apartado de la comunidad, a vivir solitario en el campo, a avisar de su presencia desde lejos para que nadie fuera contaminado de impureza, a ser repudiado por su familia y a ser un intocable, un muerto andante, ya que no podía nadie ni siquiera hablar con él y menos aún tocarle.

Jesús, siempre dispuesto a liberar y a devolver la dignidad robada, ante la petición humilde del “impuro” no repara en tocar lo intocable y en lugar de quedar contaminado de impureza comunica su propia pureza. El segregado y descartado queda reintegrado y acogido, quien estaba abocado a la muerte recupera la vida, la dignidad. Y aquel que ha experimentado el poder integrador y salvador de Jesús se convierte en profeta.

Reflexión: Este hecho de la liberación de la impureza de quien era considerado impuro y descartado, resume los relatos de milagros narrados hasta el momento y nos ofrece un mensaje de la esperanza que supone para el ser humano el Reino de Dios.

1.- Este Reino de Dios anunciado por Jesús con palabras y obras coloca en el centro a la persona. Las leyes y normas están promulgadas para ayudar al hombre, no a la inversa. Esto supone un cambio de “rol”. Para ti y para mí, discípulos de Cristo, ya no hay frontera que divida a los hombres, ya no hay “puros” e “impuros”. Catalogar y poner “posit” a los seres humanos, como si se tratara de nuestra nevera de casa, no es cristiano.

2.- “Sintió lástima, extendió la mano y le toco” No se conforma el Maestro con decir que pena, mirar para otro lado y seguir su camino. Jesús le escucha, le atiende, le da seguridad, le levanta de su postración y no pasa de largo ante el sufrimiento humano sino que le acoge, le devuelve su dignidad y le sana sus heridas.

3.- Por último, aquel que era considerado impuro, una vez devuelto a la vida se convierte en discípulo-testigo: “empezó a divulgar el hecho”

Si te consideras leproso Jesús es tu liberación, si te consideras cristiano… pues ya sabes al buen entendedor pocas palabras le hacen falta, aunque palabras en este artículo hay y demasiadas. Perdón por la extensión.

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